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Después de nuestra mudanza a los EEUU y la separación de mis padres, tuve una imagen negativa por todo cambio. ¿Por qué dejar algo que estaba perfecto? No nos faltaba nada, la vida era feliz. Como niña de cinco años, ¿qué estaría tan horrible que quisiera dejar? ¡Nada! Ahora de adulto si puedo pensar en algunos horrores que aún de niña, inocente, protegida, y soñadora, no podía imaginarme. Lo feo que existe en el mundo era incomprensible en aquel entonces. Gracias a mamá.

 

No me malentiendan, no vivíamos en un castillo, con guardias para cada una persona, y a Cenicienta como vecina. No nos paseábamos por el campo en un carruaje tirado por caballos. Sí había pobreza y desesperación. Pero para mí, era lo normal y lo veía con toda curiosidad. Caminado por las calles, los indígenas me fascinaban, aún hoy. Observaba como las madres cargaban a sus bebés. Deseaba el calor, la seguridad de aquel ángel. Ansiaba por la libertad, el espíritu empresarial de los niños vendiendo sus dulces. Era un asombro y admiración por aquellos niños tan independientes. Nada feo que temer. Si sólo supiera.

 

El cambio fue la primera fealdad que experimenté. Dejar, mi familia, dejar, mis amigos, dejar, mi hogar, para empezar una vida en el extranjero. Un extranjero no amable, de hecho, un extranjero cruel hacia aquellos quienes parecían diferentes. ¿Por qué? Por su color, su costumbre, su vestido, su habla. La bienvenida fue inexistente y aún se decidió hacer una vida nueva, un hogar nuevo de este cambio terrestre.

 

Desde ese momento inicié las decisiones de mi futuro. Las ideas y las imágenes se fomentaron a través de mi desarrollo en esta nueva tierra. No me casaría pero sí tendría cantidades de hijos, tan sólo para cargarlos como esa indígena madre cargaba a su ángel. Determiné de sentir y regalar ese calor humano. Y por si acaso me casara, sería con un hombre mexicano, un hombre que le encantará bailar, y un hombre que comprendiera el valor de la literatura hispana y poder sentir su ímpetu. De esto no cambiaría de parecer. ¡Nunca!

 

That is, until I accepted this new land as my own. I rejected it. I stumbled through it I struggled with it. I timidly agreed to it, turning my back on my birth land. And finally I accepted it along side my birth land. A lot of change, yes! There is necessity for growth, for change. I am now married to a wonderful Texan, who will dance only because he knows that I love to dance, and he loves literature albeit Stephen King, who would be hard pressed to be mistaken for Spanish literature. He had not read Spanish literature until he met me. I have been able to sneak in a few translated editions of some of my favorite works into his pile, to his enjoyment. We have a volume of children, yes, to whom I’ve shared my calor, and continue to do so.

 

Cambio. Yes! Change. ¡Claro que sí! Condiciones necesarias.